El pasado domingo, haciendo mi habitual etapa ciclista, subí a Chandebrito. Es un lugar muy hermoso y con unas vistas que emborrachan de naturaleza. La etapa comienza en Panxón (Nigrán) y no es nada fácil, la subida parece que nunca se termina y hay momentos en que uno tiene la tentación de dar la vuelta como si ya hubiera alcanzado la meta. Mientras subía y contemplaba el maravilloso paisaje, pensé varias veces que la misma sensación la había sentido en otras ocasiones en el despacho de trabajo. Si, a menudo he tenido la tentación de tirar todo por la borda, pero no, no lo hice. Cuando te marcas un objetivo y este es ilusionante y difícil, como la etapa de Chandebrito, no puedes abandonar porque si alcanzas la meta la satisfacción que sientes es tan grande que compensa todos los esfuerzos. Pedalada a pedalada se alcanza, primero una meta volante, luego otra y otra y al final ganas la etapa del día. Es normal que nos asusten los retos difíciles pero son los únicos que merecen la pena y estos generalmente son los que generan acciones innovadoras capaces de hacernos salir de esa enfermedad tan común hoy día que se llama “rutina”. Si, nuestra vida es como una carrera ciclista, cada día corremos una etapa para llegar a la meta, y el ideal es hacerlo al “sprint” porque eso indica que no solo soy yo el ganador si no que detrás, pegados a mi rueda, hay muchos más que también han alcanzado su objetivo.






































