Estos días asistimos de forma permanente a los “rumores” sobre el caso Gürtel que no hacen nada más que mostrar, una y otra vez, que la ética no está presente ni en la vida política ni el mundo de la empresa. Es curioso ver cómo se aprovechan ciertas “sospechas” para ser armas arrojadizas contra el adversario, aun a sabiendas de que uno mismo es autor y protagonista de las mismas sospechas. ¿Puede haber alguien, tan ingenuo, que piense que los políticos no reciben regalos? ¿Y un empresario? Tal para cual, unos y otros son reos de la misma maldición. Mi experiencia profesional así me lo dice. Después de más de treinta años trabajando en la empresa privada puedo afirmar con absoluta rotundidez que todos los directivos de un cierto nivel son obsequiados, especialmente en Navidad, con regalos que en algunos casos pueden tener un cierto valor.
Conozco muy bien a un directivo que fue despedido fulminantemente por haber incumplido con el código de ética corporativo al ser acusado de cometer una falta que el TSJM se encargó de decir que, no solo no la había cometido, sino que, quien de verdad venia incumpliendo de manera reiterada ese código era su Jefe, el Consejero Delegado, que todos los años admitía y aceptaba regalos navideños por parte de los proveedores. ¿Dónde está la ética? ¿Por qué es necesario tener que recurrir a los malditos códigos? Cuando uno incumple una norma de conducta, para pasar desapercibido, lo mejor es rebotar el problema a otro y así seguir actuando con total impunidad y que no se fijen en uno mismo. Desde que el mundo es mundo, el hombre siempre fue tentado con el dinero, el poder, la autoridad, las ganancias fáciles. Benedicto XVI en su última encíclica “Caritas in Veritate”, dice verdades, como puños, sobre el mundo de la ética en la política y en la empresa. Recomiendo su lectura, incluso a los políticos y empresarios. Tal vez puedan descubrir algo interesante que les ayude a “…ver la viga en el ojo propio y no la paja en el ajeno…”
Archivado bajo: RESPONSABILIDAD SOCIAL CORPORATIVA, VALORES







































No puede decirse más claro ni más alto.